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Carta del Papa sobre la Educación

Carta de Benedicto XVI
A la diócesis y a la ciudad de Roma sobre la tarea urgente de la educación


Queridos fieles de Roma:


He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que están comprometidos los diferentes componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos profundamente por el bien de las personas que amamos, en particular de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Sabemos, de hecho, que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Debemos, por tanto, preocuparnos por la formación de las futuras generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, por su salud no sólo física sino también moral.
Ahora bien, educar nunca ha sido fácil, y hoy parece ser cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los maestros, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Se habla, por este motivo, de una gran «emergencia educativa», confirmada por los fracasos que encuentran con demasiada frecuencia nuestros esfuerzos por formar persona sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia vida. Entonces se echa la culpa espontáneamente a las nuevas generaciones, como si los niños que hoy nacen fueran diferentes a los que nacían en el pasado. Se habla, además de una «fractura entre las generaciones», que ciertamente existe y tiene su peso, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y de valores.


Por tanto, ¿tenemos que echar la culpa a los adultos de hoy que ya no son capaces de educar? Ciertamente es fuerte la tentación de renunciar, tanto entre los padres como entre los maestros, y en general entre los educadores, e incluso se da el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel o incluso la misión que se les ha confiado. En realidad, no sólo están en causa las responsabilidades personales de los adulos y de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben esconderse, sino también un ambiente difundido, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien, en última instancia, de la bondad de la vida. Se hace difícil, entonces, transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles sobre los que se puede construir la propia vida.


Queridos hermanos y hermanas de Roma: ante esta situación quisiera deciros algo muy sencillo: ¡No tengáis miedo! Todas estas dificultades, de hecho, no son insuperables. Son más bien, por así decir, la otra cara de la moneda de ese don grande y precioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, en donde los progresos de hoy pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no se da una posibilidad semejante de acumulación, pues la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación tiene que tomar nueva y personalmente sus decisiones. Incluso los valores más grandes del pasado no pueden ser simplemente heredados, tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, que con frecuencia cuesta.


Ahora bien, cuando se tambalean los cimientos y faltan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores se siente de manera urgente: en concreto, aumenta hoy la exigencia de una educación que sea realmente tal. La piden los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la piden tantos maestros, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la pide la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las mismas bases de la convivencia; la piden en su intimidad los mimos muchachos y jóvenes, que no quieren quedar abandonados ante los desafíos de la vida. Quien cree en Jesucristo tiene, además, un ulterior y más intenso motivo para no tener miedo: sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza allí donde estamos y como estamos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien.


Queridos hermanos y hermanas: para hacer más concretas mis reflexiones puede ser útil encontrar algunos requisitos comunes para una auténtica educación. Ante todo, necesita esa cercanía y esa confianza que nacen del amor: pienso en esa primera y fundamental experiencia del amor que hacen los niños, o que al menos deberían hacer, con sus padres. Pero todo auténtico educador sabe que para educar tiene que dar algo de sí mismo y que sólo así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos para poder, a su vez, ser capaces del auténtico amor.
En un niño pequeño ya se da, además, un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería una educación sumamente pobre la que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta sobre la verdad, sobre todo sobre esa verdad que puede ser la guía de la vida.


El sufrimiento de la verdad también forma parte de nuestra vida. Por este motivo, al tratar de proteger a los jóvenes de toda dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de criar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas: la capacidad de amar corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.
De este modo, queridos amigos de Roma, llegamos al punto que quizá es el más delicado en la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día tras día en pequeñas cosas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. La relación educativa es ante todo el encuentro entre dos libertades y la educación lograda es una formación al uso correcto de la libertad. A medida en que va creciendo el niño, se convierte en un adolescente y después un joven; tenemos que aceptar por tanto el riesgo de la libertad, permaneciendo siempre atentos a ayudar a los jóvenes a corregir ideas o decisiones equivocadas. Lo que nunca tenemos que hacer es apoyarle en los errores, fingir que no los vemos, o peor aún compartirlos, como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.


La educación no puede prescindir del prestigio que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Ésta es fruto de experiencia y competencia, pero se logra sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la involucración personal, expresión del amor auténtico. El educador es, por tanto, un testigo de la verdad y del bien: ciertamente él también es frágil, y puede tener fallos, pero tratará de ponerse siempre nuevamente en sintonía con su misión.


Queridos fieles de Roma, de estas simples consideraciones se ve cómo en la educación es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, ciertamente, pero también, en la medida en que va creciendo con la edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe dar respuestas a sí mismo y a los demás. Quien cree busca, además y ante todo responder a Dios, que le ha amado antes.


La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero también hay una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos y la imagen que ofrece de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen una gran influencia en la formación de las nuevas generaciones, para el bien y con frecuencia también para el mal. Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que escogemos, si bien los papeles y la responsabilidad de cada uno son diferentes. Es necesaria, por tanto, la contribución de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma se convierta en un ambiente más favorable a la educación.


Por último quisiera proponeros un pensamiento que he desarrollado en la reciente carta encíclica «Spe salvi» sobre la esperanza cristiana: sólo una esperanza fiable puede ser alma de la educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza es acechada por muchas partes y también nosotros corremos el riesgo, como los antiguos paganos, hombres «sin esperanza y sin Dios en este mundo»¸ como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso (Efesios 2, 12). De aquí nace precisamente la dificultad quizá aún más profunda para realizar una auténtica obra educativa: en la raíz de la crisis de la educación se da, de hecho, una crisis de confianza en la vida.


Por tanto, no puedo terminar esta carta sin una calurosa invitación a poner en Dios nuestra esperanza. Sólo Él es la esperanza que resiste a todas las decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la muerte; sólo la justicia y la misericordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos padecidos. La esperanza que se dirige a Dios no es nunca esperanza sólo para mí, al mismo tiempo es siempre esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y el amor.
Os saludo con afecto y os garantizo un especial recuerdo en la oración, mientras os envío a todos mi bendición.
Vaticano, 21 de enero de 2008
BENEDICTUS PP. XVI

La Adolescencia, una etapa difícil

Una etapa crítica en nuestros hijos
Cualquiera que hable con gente joven sabe que la etapa de la adolescencia, de los 12 a los 18 años, es un periodo crítico. A los padres y a los maestros de los quinceañeros no habrá que recordarles las frustraciones y las impotencias que han podido experimentar a causa de los ajustes y los problemas de los adolescentes en esa etapa.
El niño entra en la adolescencia con buena parte de los sentimientos, actitudes, capacidades y dependencias de su vida anterior, y lo normal es esperar que culmine esta etapa completamente preparado para comportarse como una persona responsable en el mundo adulto. Pero lo cierto es que esa preparación suele ser poco adecuada; la mayoría de los jóvenes se pasa la década de sus veinte años intentando corregir las carencias que encuentran en su habilidades, en la confianza y en el conocimiento de sí mismos, huecos que no pudieron rellenar durante su época de adolescentes.
La adolescencia es la última etapa en la que los padres y educadores pueden tomar parte activa y ayudar a los hijos a sentar sus caminos vitales; la última etapa en la que podemos ser ejemplo cotidiano, aconsejar, organizar actividades familiares, ofrecer variadas oportunidades y mantenernos en contacto con el proceso educativo. Cuando la adolescencia finaliza, la mayoría de los jóvenes se pone a trabajar, va a la universidad o se casa; o lo que es lo mismo, entra en un mundo totalmente suyo. Y nosotros debemos estar dispuestos a darles rienda suelta para que vivan su vida lo mejor posible, amándoles y ayudándoles a distancia.
Uno de los recursos más importantes con que se puede dotar a un adolescente es el sentimiento de su propia valía, precisamente en estos tiempos de cambios rápidos y de desorganización familiar. Este sentimiento es una fuerza que el adolescente lleva en su interior y si está bien arraigado y el sabe como conservarlo en buenas condiciones, le acompañará siempre y podrá fiarse de él durante toda su vida.
La relación padres - hijos adolescentes
Muy pocos padres actuales salen ilesos del paso por la adolescencia de sus hijos. Mientras el adolescente atraviesa con la velocidad de un ciclón muchas etapas (crecimiento, presiones sociales, estados de ánimo, caprichos, etc...) los padres suelen sentir que van aguantando como pueden. Experimentan grandes ansiedades por el bienestar de su hijo adolescente. Antes, mientras los niños eran más pequeños, las relaciones eran más llevaderas y ahora, con la adolescencia, los problemas parecen crecer.
El desarrollo y los problemas de los adolescentes nos amenazan de muchas maneras. Debemos aprender a aceptar la amenaza y a manejar nuestros sentimientos con honestidad para resolver los problemas que se nos planteen con mayor efectividad. Esto es algo así como lo que debe hacer el psicólogo al terminar su carrera y antes de ponerse a trabajar en contacto con pacientes. Debe reconocer sus propias debilidades para poder atender sin mezclar en ello los propios sentimientos inspirados o movidos en el por muchos pacientes.
Así pues volviendo a la adolescencia, algunas de las cuestiones que formarían parte del examen conciliatorio a efectuar por parte de los padres para no mostrar ambigüedad de sentimientos en su relaciones con los adolescentes son las siguientes:

¿ Qué siento hacia mi hijo adolescente en este momento ?      
¿ Qué significa un hijo adolescente para mí ?      
¿ Veo a mi hijo adolescente como un seguro de futuro ante la soledad o las necesidades económicas de mi propia vida ?      
¿ Quiero que él cumpla con mis expectativas y ambiciones ?      
¿ No será que no me fío de él porque yo no era de fiar cuando tenía su edad ?      
¿ Me hacen sentir menos capaz su juventud, su vitalidad y las promesas que encierra su vida ?      
¿ No le exigiré más por la angustia que a mí me produce el paso del tiempo ?      
¿ Tengo miedo de perder el control y el poder que ejerzo sobre él ?     
Como padre o madre debes responder honestamente a las preguntas formuladas arriba pues de esta manera se abrirá para vosotros el camino para aceptaros y aceptar a vuestros hijos adolescentes como seres humanos.
Sabiendo como piensas, que sientes hacia él, podrás ayudarle a plantear comportamientos que sean la base de un respeto mutuo.
Si puedes verte como persona primero, y como padre después, probablemente serás capaz de nutrir a tu hijo de una forma más completa.
Gloria Marsellach Umbert - Psicólogo

Las espinas dan rosas


La vida es un rosal que produce espinas y rosas. Debo cuidarme de no clavarme las espinas, pero no siempre lo conseguiré.
Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

El hábito de mirar el mejor lado de las cosas es una clave para ser feliz. Claro que hay sombras, pero también hay sol. Claro que hay problemas en la vida, pero también hay soluciones.

Todas las cosas tienen el lado bueno y el lado menos bueno. Algunos se empeñan en ver sólo el lado malo, y se amargan la existencia. Otros, en cambio, buscan en todas las cosas el lado bueno, y son felices. “Los tallos de rosa tienen espinas”, dicen los pesimistas. Pero los optimistas responden: "Las espinas producen rosas”.

La vida es un rosal que produce espinas y rosas. Debo cuidarme de no clavarme las espinas, pero no siempre lo conseguiré. Algunas espinas se me clavarán en el alma. Pero eso no me impedirá disfrutar de las maravillosas rosas que produce el rosal.

Una vez que perdemos el ánimo, perdemos un cierto número de días de nuestra vida. El que nos desanima, nos hace un daño total, y, si somos nosotros mismos, nos convertimos en nuestros peores enemigos.

Todo se puede remediar, mientras dura la vida. El ser más animoso de todos es Dios, que logra continuamente cambios de pecadores empedernidos en santos de altar. Él sabe que se puede; que hoy pueden estar las cosas negras, pero mañana pueden amanecer blancas. ¡Qué fácilmente nos damos por vencidos! Cada día más. El colmo del desaliento es la desesperación total, el darse un tiro en la sien, colgarse de una cuerda. Suicidarse, de la forma que sea, significa que no queda ni rastro de esperanza.

No todos llegan al suicidio, pero se pueden acercar peligrosamente. Y los problemas, ¿qué? Los problemas están ahí, pero yo estoy aquí, y no me dejo apabullar, porque sé que cada problema tiene por lo menos una solución. Sé que la actitud frente a un problema, la forma de reaccionar frente al mismo es mil veces más importante que el problema mismo. Hasta se podría decir: ¡Felicidades, tienes un problema!

Si puedo amar a Dios y a mis hermanos; si puedo realizar grandes cosas para mejorar el mundo; si puedo hacer felices a los demás y a mí mismo vale la pena vivir, aunque me clave alguna espina de dolor en el trayecto. Mas aún, las espinas pueden convertirse en rosas: Los sufrimientos de la vida, llevados por amor, se convierten en las rosas más bellas.



La Carreta Vacía

U.E. COLEGIO LOS ARCOS
"La carreta vacía"
Autor: Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net
«Caminaba despacio con mi padre, cuando él se detuvo en una curva y, después de un pequeño silencio, me preguntó: "Además del canto de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?". Agucé el oído y le respondí: "Oigo el ruido de una carreta". "Eso es —dijo mi padre—, una carreta, pero una carreta vacía". Pregunté a mi padre: "¿Cómo sabes que está vacía, si aún no la hemos visto?".
»Entonces mi padre respondió: "Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido. Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace".
»Me convertí en adulto, y ahora, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación, siendo inoportuna o arrogante, presumiendo de lo que tiene o de lo que es, mostrándose prepotente o menospreciando a los demás, tengo la impresión de oír de nuevo la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad hace callar a nuestras virtudes y permite a los demás descubrirlas, y nadie está más vacío que quien está lleno de sí mismo.»
Es interesante el mensaje que nos deja este viejo relato. Cuando imaginamos el paso de una carreta llena de carga, esforzada, silenciosa, un poco hundida por el peso que lleva, esa imagen nos transmite una sensación de plenitud y de silencio. Y algo parecido sucede con las personas. Hay vidas que están llenas de contenido, de esfuerzo y de sentido. Suelen ser vidas activas y luchadoras, pero hacen poco ruido. Son vidas que no cuadran con los alardes grandilocuentes de actividad, ni con los excesos de protagonismo personal, ni con ese individualismo que suele delatar ocultas faltas de rectitud y de sentido de servicio.

Tengo el convencimiento de que la soberbia es la clave de casi todos los conflictos humanos. Formas de soberbia más o menos elaboradas, más primarias o más sutiles, pero siempre la soberbia está en la raíz de las actitudes que los provocan. En las personas más simples, se nota enseguida. En las más inteligentes, cuesta un poco más, pues con el tiempo van aprendiendo a disimularlo.
Muchas variantes y común denominador          

Cuando vemos que en torno a una persona los conflictos tienden a enconarse, o que surgen distanciamientos o desencuentros tontos, o que a su alrededor los equipos humanos se desunen o se rompen, casi siempre está detrás ese empeño vanidoso e histriónico de la soberbia. Puede adoptar muchas formas, pero casi siempre son variantes de lo mismo: ese afán un tanto ridículo por dejar constancia del propio mérito, la susceptibilidad enfermiza que quien se siente agraviado constantemente por auténticas simplezas, las pugnas y desavenencias absurdas por una pequeña cuota de protagonismo personal, los agradecimientos exigidos y contabilizados, las ayudas aparentemente desinteresadas pero que luego reclaman una sumisión perpetua, los consejos que se dan con aire liberal pero que luego se considera una traición que no se sigan. Todo eso suele estar tejido y comunicado por el correoso hilo de la soberbia, e identificado por la falta de calado y de silencio interior.

El que sabe, suele hablar poco; el que habla mucho, suele saber poco. El que profundiza en las cosas, suele hablar con prudencia y con mesura. Los que hablan a la ligera y hacen juicios precipitados sobre las personas o los asuntos, suelen hablar demasiado. Son personas que con su alma vacía hacen chirriar el ambiente en todo su entorno, como las carretas vacías. Y chirrían sobre todo porque les falta el aplomo de la verdad. Porque la verdad, sobre todo en las cosas más patentes e inmediatas, es lo que más enerva al soberbio, que ve a la verdad ahí, independiente de él, imponiendo todo el peso de sus exigencias intelectuales y morales. Porque la verdad fastidia su constante búsqueda de satisfacción personal, y eso no lo soportan.

Cómo estudiar en equipo y no morir en el intento



Si te has juntado a estudiar y no aprovechaste el tiempo, es que no leíste esta guía para estudiar con tus amigos.


Al enfrentarnos a un examen muy difícil, o cuando nos hemos acostumbrado a estudiar en equipo, siempre han surgido problemas: realmente no se estudió; sólo uno hablaba (el que más sabía); sí se estudió, pero se olvidó, etc. ¿cómo aprender a estudiar en equipo sin enfrentar estos problemas?

Primero, debemos de partir de los beneficios de estudiar en equipo: se enriquece el aprendizaje al tener visiones diferentes de un tema, y por las aportaciones de los diferentes miembros del equipo de ideas o ejemplos.

Para garantizar un buen estudio en equipo, debes checar los siguientes puntos:

- Que el equipo de estudio sea de cuatro a cinco integrantes: si hay más, es difícil poner atención y el intento de estudio se vuelve una plática aislada de sub-grupos.

- ¡No estudien en casa de alguien! Se pierde el tiempo en que el anfitrión ofrece bebidas, bocadillos y aquello acaba en reunión de plática de chismes y anécdotas. Traten de verse en un parque, un café o un restaurante. No es recomendable quedarse a estudiar en la escuela, sólo se angustian más al sentirse presionados en las instalaciones.

- Todos los miembros del equipo deben hacer una guía individual que, aunque no se entienda, sirva de base para hacer preguntas y responderlas

- Llevar un cuaderno para ir anotando lo que se comente en el grupo

- Es bueno acudir con el compañero de clase que más sepa del tema (pero no sólo lo busquen para el estudio, también invítenlo algún día a salir, no hay que ser), para no encerrarse en un mínimo grupo de amistad. OJO, las amistades no están peleadas con el estudio y mientras se acuerde que en el tiempo de estudio realmente se va a estudiar y no se platique de lo cotidiano. Para todo hay espacio y tiempo.

- No estudien un día antes, traten de hacerlo varios días (entre 2 y 3 horas cada sesión) con descansos de quince minutos, en los que puedan tomar agua, ir al baño, mientras no se dispersen ni pierda la concentración.

Con estos tips puedes asegurarte de estudiar con más eficiencia.
Cómo estudiar en equipo y no morir en el intento.

Si te has juntado a estudiar y no aprovechaste el tiempo, es que no leíste esta guía para estudiar con tus amigos.

Por Ruth Cornejo, estudiante de Pedagogía (Universidad Panamericana)


Cómo fijar los aprendizajes

LA FIJACIÓN DE LOS APRENDIZAJES

La Fijación es el complemento esencial del aprendizaje. Pese a su gran importancia en la práctica escolar, no ha merecido la necesaria atención por parte de los docentes.

La Fijación procura, fundamentalmente, la retención de datos, informaciones, actitudes, hábitos y habilidades. No basta entender lo que se explica, no basta aprender. Es preciso elaborar lo aprendido de manera que gane mayor consistencia en el comportamiento y de modo que éste no se pierda fácilmente por olvido.

El principal vehículo de la Fijación es la repetición motivada, usando lo aprendido en diversas circunstancias.

La Fijación del aprendizaje se lleva a cabo mediante la repetición y la aplicación de las habilidades adquiridas. La repetición, el ejercicio y la práctica son fundamentales para el buen proceso de fijación de los aprendizajes. Muchos esfuerzos educativos se pierden por una inadecuada fijación. Al parecer, no de los defectos de nuestras escuelas, en todos los niveles, es la falta de práctica de lo aprendido o la poca intensidad acordada a la misma cuando se efectúa. La escuela olvida la orientación de sus alumnos hacia un esfuerzo personal intenso de revisión de la materia tratada en clase, tendiente a dar permanencia y perfección a los conocimientos, técnicas y habilidades adquiridos.

Para que algo nuevo quede en nuestra vida, en nuestro comportamiento, es preciso conquistarlo con esfuerzo, tenacidad y constante revisión.

El fracaso en las pruebas de verificación del aprendizaje se debe, en gran parte, a deficiencias de Fijación.

Los procesos de Fijación deben merecer, por parte del profesor, la máxima atención durante el planeamiento de las unidades y de las clases, y mucho más durante la ejecución de estas últimas.

Lamentablemente, la Fijación ha sido reducida, a lo sumo, a una tarea de simple repetición, sin tener en cuenta que la repetición pura y simple, produce escasos resultados. La Fijación resulta mucho más eficiente cuando la repetición se lleva a cabo tomando como base otra reestructuración de los elementos aprendidos en situaciones problemáticas que requieran esfuerzo, reflexión y adaptación a nuevos esquemas. El camino para fijar lo aprendido es el esfuerzo aplicado en forma de ejercicios y recapitulaciones constantes de todo lo estudiado.

No debemos olvidar, en el proceso de Fijación, las tres leyes fundamentales del aprendizaje:

  1. La Ley del Efecto, según la cual se tiende a recordar más fácilmente las experiencias en las cuales se obtiene éxito y por el contrario, se tiende a olvidar aquellas en que se fracasa. No hay nada más desalentador y contrario a la Fijación que los ejercicios que vayan más allá de las posibilidades del educando.
  2. La Ley del Ejercicio, que afirma en palabras sencillas que la práctica es la base de la perfección y que se aprende a través de la práctica. Claro que, el ejercicio debe estar rodeado de una serie de condiciones para hacerlo más eficiente, pero, para fijar, es preciso repetir; para ganar en habilidad y eficiencia es necesario repetir.
  3. La Ley del Uso que consiste en que en igualdad de condiciones se aprende mejor lo que se repite con mayor frecuencia. De ahí que sea necesario hacer una revisión de lo que ya fue estudiado.

De todo ello se deduce que la Fijación debería ser prevista e incluida en la planificación, dentro del calendario escolar, es decir, que deberían realizarse una serie de revisiones de la materia desarrollada. Esto nos obliga a jerarquizar los objetivos que perseguimos en cada lapso y recortar un poco la cantidad de materia con el fin de destinar cierto tiempo a la recapitulación de la materia trabajada en clase.

Los principales recursos de la Fijación del aprendizaje son: Toma de apuntes – no apuntismo-, interrogatorios, cuadros sinópticos, sumarios, ejercicios y tareas, discusiones, debates y estudios dirigidos.

(Tomado de “Hacia una Didáctica General Dinámica” de Imídeo Nericci. Ed. Kapeluz)

Un pedagogo francés solía insistir que el secreto de la educación estaba en “repetir, repetir, repetir.” Cumplir cabalmente con este proceso de Fijación habrá de contribuir notablemente a mejorar los resultados académicos de nuestros estudiantes.

No debemos olvidar aquel pensamiento poético de Antonio Machado:

“Despacito y buena letra,

Que el hacer las cosas bien,

Importa más que el hacerlas”

El Deber de Divertirse

Se acerca un período de descanso... ¿Qué debemos hacer para aprovechar cristianamente las vacaciones?

Somos personas creadas a imagen y semejanza de Dios. Por eso es lógico que San Pablo diga: «sed imitadores de Dios». A Dios le imitamos cuando trabajamos: «mi Padre y Yo -dice Jesús- siempre trabajamos». Pues bien, el necesario descanso debe consistir también en imitar a Dios

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  1. Sobre las Indulgencias
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